EL MURO: ¿A QUIÉN LE TOCA DAR EL PASO AHORA?

El mundo se mueve por amor,

se inclina ante él con reverencia.
El Bosque – M. Night Shyamalan.

Como una vez dijo Pablo Neruda, «podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera». Con la música ocurre lo mismo.

Hace un año que el mundo, de pronto, se paró y un tinte de irrealidad lo bañó todo. Imposible negar el desasosiego y la agitación social acaecidos en aquellos meses donde lo más cerca que podíamos estar de la realidad era observarla a través de una ventana. Pero, si algo nos ha enseñado esta pandemia, es que la vida siempre se abre paso incluso en los contextos más distópicos. Adaptarse o estancarse: atravesar el cristal de la ventana sin romperlo.

De este modo, Les Blondes, grupo musical cordobés, aprovecha el retroceso para coger impulso y hacer más ruido que nunca para colarse en todas las casas.

Ellos son Carlos y José Manuel, cuya trayectoria se remonta a 2014, momento en que empiezan a hacer música en Spass Leben, y llega hasta 2016, momento álgido y con más actividad del grupo, demostrando su talento al quedar finalistas en el concurso local de Dinamo Music.

Más tarde nace la idea de que entre dos personas también se hace mucho ruido pues, como todos bien sabemos, a veces dos son multitud. Y de esta idea nace el deslinde y un proyecto mayor: Les Blondes.

Sus primeros pasos consistieron en buscar un sonido propio, original y lleno de personalidad, con diversas referencias musicales y tomando peculiaridades de distintos estilos como el rock más actual o el indie británico, hasta llegar a lo que son hoy en día: una novedad en todos los sentidos. Así lo han demostrado en su primer single El Muro, lanzado a principios de este año a todas las plataformas digitales. Su buena acogida por parte del público no ha pasado desapercibida y ha provocado el interés de entidades como Indiecool, quienes los han incluido en sus playlists, y de periódicos locales como Diario Córdoba, quienes los definen como «un dúo con mucha fuerza», alabando tanto el single como su proceso de producción, ya que de todo ello se puede extraer el espíritu de renovación del panorama musical desde los ámbitos más jóvenes y emergentes.

Esta renovación va desde la significación más íntima de El Muro hasta la semántica otorgada a la presencia de los instrumentos, conjugando de este modo el arte de la palabra y de la música.

Retomando temas universales como el amor, este es tratado bajo el prisma del delirio y la locura que surgen cuando uno se aferra al último mal que salió de la caja de pandora: la esperanza. De este modo, la sentimentalidad propia del tópico se ve renovada e intensificada por una voz principal a punto de desgarrarse que encuentra su apoyo en un instrumental que intensifica las emociones, y en una voz coral que apacigua el desarraigo: dos dicotomías que, lejos de oponerse, se complementan en el seno de la indeterminación del sentimiento que se evoca.

Con una simbología tomada de la tradición y del imaginario colectivo, tal como la presencia de un muro que separa a los amantes o el imposible olvido del que tanto habló Cernuda, hacen que este tópico cobre sentido en la actualidad, donde el amor a veces se confunde con deseo y el deseo le da la mano al amor, haciendo que muchas de las flechas de Eros aterricen en un terreno ambiguo donde los protagonistas se preguntan «¿a quién le toca dar el paso ahora?».

Como eje vertebrador de prácticamente toda tragedia clásica, parece que la ficción se acomoda y amolda a la realidad, dejando que el amor oriente a las vidas particulares, trascendiendo toda clase de límites.

Sin embargo, aunque el ideal de este amor siempre sea el mismo, su transcurso nunca es igual. Nunca dos historias de amor coincidirán en los detalles, nunca el amor se dará de la misma manera incluso en la misma persona. Porque la catarsis aristotélica, cuando traspasa la cuarta pared y nos hace a nosotros mismos los protagonistas, no puede anticiparse hasta el final mismo de la historia. Ocurre entonces que, cuando nos aventuramos a amar, nos disponemos a ser héroes o vencidos a partes iguales, sin saber muy bien en cuál de ambas pieles habitaremos.

Arte y vida parecen confluir en este hecho y, por ello, no sorprende que los artistas, en todas sus variantes, hablen tarde o temprano de las flechas de Eros: amor incondicional, frustrado, imposible, perfecto, prohibido, idílico, inolvidable, dañino. ¿Cuántos adjetivos para un solo sustantivo? Tantos como historias.

La canción El Muro, de Les Blondes, retoma este tema que, a priori, puede parecer recurrente, pero si nos detenemos a escuchar la letra que la compone, veremos que el amor del que habla no es el amor en sí, ni lo que queda después del mismo. Esta canción nos habla del delirio, de la posibilidad y la imposibilidad, de la locura de no poder escapar porque tampoco se tiene la voluntad de huir. Muchas son las reminiscencias que podríamos extraer, comenzando por García Lorca en Bodas de Sangre, mencionando incluso la simbología que da nombre a esta canción: Porque yo quise olvidar / y puse un muro de piedra / entre tu casa y la mía. / Es verdad. ¿No lo recuerdas? / Y cuando te vi de lejos / me eché en los ojos arena. / Pero montaba a caballo / y el caballo iba a tu puerta.

Incluso podríamos también recuperar la prosa de Simone de Beauvoir en La mujer rota donde el olvido después de la locura no es posible –Aquí estoy destrozada por recuerdos desgarradores, lo llamo y no contesta–; donde hasta los objetos parecen gritar el nombre que tanto nos hiere –He mirado sus pijamas, sus camisas, sus camisetas; y me he echado a llorar–. Porque a veces, lo que más duele es cuando el amor no encuentra un cauce con doble dirección y una persona se desborda ante el vacío de la otra.

Sin embargo, hay algo que diferencia a El Muro de estas historias cuyo final anticipado sabemos que es la derrota, la piel del vencido, y es que, en esta canción, aún hay lugar para la esperanza; aún se pueden dar pasos hacia delante y derribar el muro para encontrar las manos que no están dispuestas a olvidarse. Aquí reside la magia, en el final abierto, en el desgarro de la voz por vencer a la locura que ahora los separa, dejando a todos aquellos que la escuchen con la posibilidad de imaginar el destino de los amantes, no sin antes hacer una parada en la sentimentalidad de todo aquel que escuche, suscitando y elevando los recuerdos de la propia experiencia y, tal vez, invitándonos a revivir el transcurso de las más tiernas historias, imaginando los más deseados finales.

Redacción: Rebeca Cost

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